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Cervantes y el Quijote

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Cervantes y El Quijote. Una aproximación al clásico

 

 

 

Antes del Quijote

    Hacia la creación de la novela moderna

    Vida de Cervantes hasta la publicación de El Quijote

El Quijote

    Vida de Cervantes y El Quijote

    Las dos partes de El Quijote (más la apócrifa)

    Estructura de la obra. Estilística 

     La intención de Cervantes

     Los personajes. Realismo y universalidad. Perspectivismo

Después de El Quijote

    Valoración de El Quijote a través de los siglos

     El Quijote y la creación de la novela moderna

 

 




Antes de El Quijote

 

Hacia la creación de la novela moderna

     En el camino hacia la creación de la novela moderna Cervantes tuvo que beber necesariamente en las fuentes de toda la literatura anterior para llegar a la consolidación de los rasgos que la definirán a partir de la aparición de El Quijote (véase infra). Tendríamos que mencionar gran cantidad de obras de la literatura española (desde el Poema de Mio Cid hasta el Lazarillo) y de la universal.
     Por novela se entendía en la época de Cervantes lo que hoy entendemos por novela corta, y era un género de amplia difusión en Italia pero nula en España. Cervantes realizó sus Novelas ejemplares a imitación de este género italiano y, según él, fue el primero en hacerlo en España.
     Los distintos tipos de narraciones del siglo XVI fueron "imitados" por Cervantes en El Quijote. No solamente recogió algunos de los rasgos de la novela de caballerías, sino también de la pastoril, de la bizantina, de la morisca y de la más reciente picaresca: de todas ellas hay un episodio creado "a imitación" e inserto en la primera parte de El Quijote.
     Podríamos decir, sin mucho riesgo de equivocarnos, que las mezcló todas para crear una nueva, llamada simplemente novela. En este sentido, la segunda parte del Quijote sería un producto ya "puro", sin los "ingredientes" a la vista, como ocurría en la primera.

  

El Entremés de los romances

 

     Menéndez Pidal fue el primero en mencionar las semejanzas entre El Quijote y el Entremés de los romances, una pieza teatral anónima publicada modernamente (en el siglo XIX) por el gaditano Adolfo de Castro.
     La crítica ha valorado de distinta manera esta influencia, hasta el punto de que la consideración sobre la intención cervantina en El Quijote (que estudiaremos más adelante) lleva a conclusiones muy distintas según el punto de vista adoptado con respecto a este tema.
     Como la valoración la dejamos para más tarde, nos limitamos a contar aquí el argumento de dicho Entremés, tal y como lo refiere Alborg:

 "En el mencionado entremés su protagonista, Bartolo, enloquece a fuerza de leer romances; se hace soldado, y creyéndose el Almoradí o el Tarfe de los romances moriscos pretende defender a una pastora asediada por un zagal, pero éste apalea a Bartolo con su propia lanza, dejándole tendido en el suelo; Bartolo -también como don Quijote- atribuye al caballo su caída, luego se cree Valdovinos y comienza a recitar el romance del marqués de Matua; y cuando al fin es llevado a su aldea, salta a los romances moriscos y se imagina ser el alcalde de Baza que dialoga con el Abencerraje lamentando la conducta de Zaida."

 



 


Vida de Cervantes hasta la publicación de El Quijote

 

    Mucho se ha debatido sobre el significado real o metafórico de la "cárcel" en la que, según él mismo, Cervantes comenzó su obra.
     Más importante que este dato parece ser el empecinamiento de Cervantes en escribir. A pesar de sus tardíos comienzos literarios (recuérdese que La Galatea, su primera obra, se publica en 1585, cuando Cervantes cuenta 38 años) y sus continuos fracasos (sobre todo en el teatro: admiraba y "envidiaba" a Lope por ello), no cedió nunca:
 "Viejo ya, raído, oscuro, perdida toda su reputación, perseguido por las deudas, sin más que una ruidosa habitación de casa de vecindad para trabajar, siguió aferrándose, en todos los momentos libres que podía encontrar, a una ineludible vocación por la literatura. Debemos el Quijote, como debemos el Ulises de Joyce, a que su autor fue un hombre de una tenacidad y un optimismo extraordinarios."



 

 

El Quijote

 

 

 

Vida de Cervantes y El Quijote

 

     Gerald Brenan se fija especialmente en los rasgos comunes entre Cervantes y don Quijote:

 "...el famoso caballero tenía muchos rasgos comunes con su creador. Nos enteramos, por ejemplo, de que don Quijote tenía, cuando se lanzó en busca de aventuras, la misma edad que Cervantes y también el mismo aspecto físico; nos enteramos de que con tanto enfrascarse en la lectura se le secó el cerebro y perdió el juicio, como se nos dice en el prefacio que le pasó al autor. Además, don Quijote era un optimista y un idealista incorregible que se lanzó a reformar el mundo por la fuerza de las armas y fue en lugar de eso vencido por el mundo. ¿No fue esto o algo parecido a esto la opinión de Cervantes acerca de su propia vida? [...] Indico, por tanto, que una de las fuentes del poder de conmovernos que tiene don Quijote es que el héroe constituye una proyección de una descartada parte del mismo Cervantes."

    Algo parecido interpreta Américo Castro a partir de las siguientes palabras de don Quijote, en las que aprecia una clara relación con la vida de Cervantes:

 "Duermes... sin que te tengan en continua vigilancia celos de tu dama, ni te desvelen pensamientos de pagar deudas que debas, ni de lo que has de hacer para comer otro día tú y tu pequeña y angustiada familia" (II, 20).

      La biografía de Cervantes -escasa en datos fiables- abunda en hechos desgraciados, hasta el punto de que Miguel Salas afirma que el 22 ó 23 de abril de 1616 (la fecha tampoco está muy clara) para Cervantes "cesó el infortunio y comenzó la gloria".
     La publicación de El Quijote, según se supone de su éxito editorial inmediato, supuso un cambio beneficioso en la economía del escritor: lo cual también ha de ser entendido como un signo "relativo" de buena suerte, pues ya era prácticamente un sesentón. A pesar de todo, no llegó a vivir desahogadamente, como lo prueban los continuos cambios de domicilio de sus últimos años de vida. Al parecer, "Cervantes tampoco fue hábil al negociar sus derechos, y perdió, o dejó de ganar, buena parte de los beneficios que produjo la obra".
     En cualquier caso, y aunque nunca se tradujo en dineros, "el soñado éxito había llegado y ya nunca se le escaparía de las manos; en todo caso la producción literaria del último decenio de su vida daría a Cervantes un dominio imperial sobre las letras españolas".



 

 

Las dos partes de El Quijote (más la apócrifa)

 

La primera parte

 

    La primera parte se publica en 1605, en Madrid, editada por Juan de la Cuesta. La obra está dedicada al Duque de Béjar.
     Presenta 52 capítulos, divididos en la primera edición en cuatro partes.
     En el momento de la publicación, Cervantes era literariamente desconocido. A pesar de ello, El Quijote conoce seis reimpresiones en el año de su publicación y otras dieciséis en vida de Cervantes.

 "Cuándo y por qué Cervantes puso mano a la inmortal novela es un misterio que se mantendrá impenetrable". Nos obstante, ciertos críticos demasiado positivistas, basándose en una afirmación del prólogo de 1605 ("se engendró en una cárcel"), han entendido que comenzó la obra en la cárcel de Sevilla, donde estuvo encerrado en 1597.

     La primera parte acaba con el regreso a su pueblo y la noticia de la próxima tercera salida de don Quijote. De esta forma, termina como obra abierta, dispuesta para una posterior continuación.

 

 La segunda parte

 

     "Apareció la Segunda parte del Ingenioso Cavallero don Quijote de la Mancha -tal es su título en el año 1615,  a cargo del mismo editor y en la misma imprenta que la primera, un año después de haberse publicado la continuación espúrea de Avellaneda. Va dedicada esta parte al conde de Lemos. En el prólogo se defiende Cervantes con dignidad y noble humor de las groseras acusaciones del falsario, que le reprochaba entre otras cosas el ser viejo, manco y envidioso".
     Consta de 74 capítulos: se observa mayor unidad que en la primera parte, al suprimirse las historias intercaladas que nada tienen que ver con la principal.
     El factor que intervino en la publicación a toda prisa de esta segunda parte, y que produjo cambios argumentales, fue el llamado "incidente Avellaneda".
 

El Quijote de Avellaneda

 

     En Tarragona, en 1614, salió el Segundo tomo del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesto por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, probablemente un seudónimo, de cuya identidad no hay ninguna certeza. Se puede decir con casi total seguridad que Cervantes tampoco llegó a conocerlo.
     Es de sumo interés ver qué rastros dejó la lectura de Avellaneda en el curso de la composición del Quijote bueno. Avellaneda sí obedeció ciegamente las instrucciones cervantinas, que en 1605 anunciaban una futura salida de don Quijote hacia Zaragoza a celebrar unas justas. Todos los indicios apuntan a que Cervantes leyó el libro de Avellaneda cuando se encontraba en la composición del capítulo LIX de su segunda parte. Poco antes se ha terminado el largo episodio del palacio de los duques, y don Quijote sale con destino a Zaragoza. Se sigue el plan anunciado en 1605, pero amo y escudero llegan a una venta donde otros huéspedes leen el Quijote de Avellaneda. Este es el momento en que Cervantes reconoce públicamente el impacto que le ha causado la lectura de la novela de Avellaneda. No hay improperios, sólo una elegante y contenida repuesta:

 "Don Quijote salió de la venta, informándose primero cuál era el más derecho para ir a Barcelona sin tocar en Zaragoza: tal era el deseo que tenía de sacar mentiroso aquel nuevo historiador que tanto decían le vituperaba." (II, 50)

    Este cambio argumental sobre el plan de 1605 no parece haber provocado mayores desajustes en el resto del plan de la obra.
     No obstante, y habida cuenta del poco espacio de tiempo que transcurrió desde la publicación de la segunda parte hasta la muerte de Cervantes, se puede decir que tendríamos que agradecer al desconocido Avellaneda el haber acelerado la conclusión de su obra por Cervantes.



 

Estructura de la obra. Estilística

 

     El Quijote de 1605 comienza con la dedicatoria al duque de Béjar, a la que sigue el prólogo, en el que manifiesta Cervantes su propósito de parodiar los libros de caballería. Luego vienen unos versos preliminares ante de dar comienzo la novela.
     Estructuralmente, se suelen agrupar los 52 capítulos de la primera parte en dos bloques, correspondientes a las dos salidas de don Quijote: la primera salida englobaría los capítulos 1 al 6, y la segunda el resto (del 7 al 52). La novedad más importante de esta segunda salida es la aparición de Sancho Panza.
     La primera salida contiene la escapada de don hidalgo hasta la venta en que se hace armar caballero y su primer "entuerto deshecho": la "liberación" del mozo Andrés, que estaba siendo golpeado por su amo.
     En el curso de la segunda salida se encuentran todos los episodios intercalados, que suponen todo un muestrario de los géneros novelísticos contemporáneos (recuérdese que también hay abundantes poemas dentro de la novela):

-"pasajes de estilo propio de la novela pastoril, como es el episodio de Marcela y Grisóstomo";
-"apunta varias veces el estilo de la novela picaresca, [...] principalmente en el capítulo dedicado a la aventura de los galeotes (I,22), sobre todo en la figura de Ginés de Pasamonte";
-"la historia del Cautivo cae dentro del estilo de las novelas moriscas de la época";
-"la novela de El curioso impertinente, con su ambiente italiano, los nombres de sus personajes (Anselmo, Lotario, Camila, Leonela) y su conflicto psicológico, nos lleva a un tipo de relato muy diverso de aquel en el cual está intercalada";
-"los discursos que pronuncia don Quijote en varias ocasiones son excelentes muestras de estilo oratorio: recordemos el de la Edad de Oro (I, 11), ante los cabreros, [...] y el de las Armas y las Letras (I, 37), ante los discretos concurrentes de la venta de Palomeque".

     "La estructura de El Quijote de 1605 es, en el fondo, respetuosa con los cánones tradicionales, al punto de aceptar el principio de variedad en la unidad, vale decir, insertar historias intercaladas totalmente ajenas al argumento central. [...] Pero para 1615 Cervantes ha superado completamente los cánones imperantes y no siente necesidad de rendirles pleitesía. [...] La estructura de la novela se ciñe ahora a la escueta silueta de don Quijote... [...] Y si alguna vez el enfoque estructural pierde de vista a don Quijote, es sólo para seguir y narrar las andanzas de su alter ego en la Ínsula Barataria". Queda explicada, sin duda, la principal diferencia estructural entre las dos partes.
     La segunda parte -desprovista incluso de las poesías humorísticas que contenía la primera- queda reducida en su estructura a un prólogo, la dedicatoria al conde de Lemos y la narración de la tercera salida de don Quijote.
     Esa variedad de episodios intercalados hace que el estilo de El Quijote se adapte a cada circunstancia y sea igualmente variado. A veces encontramos incluso un estilo coloquial del pueblo (perfectamente asimilado por un autor culto como Cervantes), en las historietas y cuentecillos puestos en boca de Sancho Panza.
     Se podría decir, en cualquier caso, que las interpolaciones de la primera parte tienen un elemento común, el amor. Se podría entender tanta recurrencia al tema del amor para compensar el vacío de sentimientos dejado por el culto totalmente cerebral que profesa don Quijote por Dulcinea.
     "Podemos decir que las interpolaciones narrativas expresan la exigencia de la realidad [...]: si la novela se desarrolla en dos planos, el de la irrealidad quijotesca y el de la realidad, [...] los personajes de las interpolaciones pertenecen con pleno derecho al plano de la realidad fijado por el autor: tanto es así que Dorotea participa en la afectuosa conjuración para conducir al héroe de nuevo al redil"
     Una constante en toda la novela, el diálogo es uno de los mayores aciertos estilísticos en El Quijote. "La conversación pausada y corriente con que don Quijote y Sancho alivian la monotonía de su constante vagar, es algo esencial en la novela, que suple con decisiva ventaja cualquier otro procedimiento descriptivo. [...] Pero otras veces el diálogo adquiere una especie de técnica dramática y se hace rápido, vivaz, y se enlaza en preguntas y respuestas".
     Por último, hay que hablar del tono irónico que emplea constantemente Cervantes para narrar las aventuras de don Quijote, perfectamente adecuado al género paródico ("parodia de los libros de caballería") en el que podemos clasificar la obra (obviamente, sin limitarnos a este estrecho margen exclusivamente).



 

 

La intención de Cervantes

 

 Existen dos posturas en la crítica:

-una que defiende la interpretación literal: la intención de Cervantes fue combatir los libros de caballerías;
-una segunda que defiende una interpretación simbólica: lo anterior es sólo un pretexto que ocultaba un propósito más profundo.

    Sólo con una combinación de ambas posturas puede entenderse en su totalidad una obra tan extensa y prolija. Existe otra crítica (entre la que se encuentra Unamuno), de tipo impresionista, que desprecia el interés por este asunto: lo que importa de El Quijote es lo que cada lector entienda.
    No obstante, una obra maestra se define por la adecuación entre el propósito de su autor y el logro ejecutado. Por lo tanto, debemos indagar en la intención de Cervantes.
     Este problema se suele asociar a la inspiración antes aludida en el Entremés de los romances. Las conclusiones pueden llegar a ser contradictorias. Reproducimos, a modo de ejemplos opuestos, las opiniones de Ángel Basanta y de Juan Bautista Avalle-Arce:

-Basanta defiende la idea de que Cervantes pretendió realizar una especie de novelita ejemplar que abarcaría los seis primeros capítulos de El Quijote y parte del séptimo;. Fundamenta su opinión en ciertos nexos sintácticos entre el final de algunos de estos capítulos y el principio del siguiente, que llevan a pensar en una primera redacción corrida. Además, percibe un argumento compacto y una estructura perfectamente trabada en esta primera salida de don Quijote. Sólo después de escrita esta parte, Cervantes percibió las posibilidades mayores de su obra y mudó su propósito inicial.

-Avalle-Arce disiente totalmente, pues argumenta que se nos viene a decir que, "como el burro flautista de la fábula", Cervantes escribió la más grande novela de todos los tiempos por pura casualidad. Aceptando tal interpretación, la locura de don Quijote se convierte en un simple objeto del ridículo y no en "una clave fundamental para la recta interpretación del puesto del hombre en la vida". Además, se deja sin sentido el fin primordial de la primera salida: que don Quijote sea armado caballero. Para colmo, Avalle-Arce piensa que la concepción de don Quijote es indisociable, desde un principio, de la de Sancho Panza.



 

Los personajes. Realismo y universalidad. Perspectivismo

 

     Pasar revista a todos los personajes que pueblan la novela de Cervantes y describirlos sería labor de nunca acabar. Para demostrarlo, baste la opinión de Gerald Brenan: "Rocinante, el único caballo de la literatura que tiene una personalidad". Obviamente, debemos limitarnos a las figuras señeras de Quijote y Sancho.
     Según opinión de Martín de Riquer, Sancho Panza es el personaje que mejor culmina el realismo español en la novela, la mejor representación de la ciencia popular y tradicional. Con técnica realista, Cervantes concentró en Sancho todo el mundo de la ciencia popular.
     Para entender la técnica de Cervantes hay que seguir la evolución de Sancho Panza a lo largo de toda la obra. Sancho está en un constante movimiento pendular entre ser un Sancho-Quijote y un Sancho-Sancho, con todas las posibles situaciones intermedias; en este ir y venir reside su verdadera identidad.
     Cervantes supo captar perfectamente la simbiosis de estos dos elementos en todo humano; a partir de aquí universaliza, generaliza esta mezcla, y nos da en la pareja Quijote-Sancho la representación del alma humana elevada a su plenitud.
     Este tratamiento del alma universal del hombre hace que la obra sea a su vez universal. El Quijote, tan español, tan localista (no olvidemos cómo empieza la novela), es la más amplia indagación sobre el hombre y su combinación dual de carne y espíritu, de materialismo e idealismo.
     La creación definitiva de cada personaje no depende de esta influencia mutua solamente: cada personaje se va haciendo a sí mismo, es consecuencia de sus actos, lo que supone un rasgo de evidente modernidad (véase infra).
     "Don Quijote es lo que hoy día llamaríamos una personalidad escindida, a veces racional, a veces necia; también Sancho, que en ocasiones no es menos quijotesco que su amo, otras veces es incalculablemente racional. De esta manera el autor hace que le sea posible decidir en qué momento sus personajes se comportarán razonablemente, en qué otro lo harán neciamente... [...] A veces Cervantes ni siquiera decide si las interferencias erróneas que don Quijote saca de lo que ve son o no totalmente absurdas: da a entender que la bacía de barbero le parece un yelmo a don Quijote y puede parecer otra cosa a otras personas: perspectivismo es lo que enseña y puede que incluso exista un "baciyelmo", es decir, una bacía que al mismo tiempo sea un yelmo: el hecho mismo de inventar una palabra es reflejo de las formas híbridas de la realidad".

 



 

Después de El Quijote

Valoración de El Quijote a través de los siglos

 

     Juan Bautista Avalle-Arce comenta, como de pasada, que "en los primeros meses de 1605 el impresor Juan de la Cuesta ponía en manos del público madrileño interesado la primera parte de la novela que cambiaría la fisonomía de la literatura mundial". Parecería, sin duda, una afirmación exagerada, si no se refiriese a El Quijote. Sin embargo, estamos habituados a llamarla -y escucharla llamar- "novela universal", "novela inmortal" y otros nombres no menos sonoros.
     Aunque es opinión comúnmente aceptada que los contemporáneos de Cervantes sólo vieron en El Quijote un divertido libro de burlas, fueron muchas las ediciones de su novela publicadas en el XVII. Sabido es que es el libro más editado y más traducido después de La Biblia, y este éxito lo ha mantenido sin desfallecimiento desde su primera publicación. Citaremos, por su interés, algunas de las primeras traducciones que tuvo:

-al inglés (aunque Alborg cita una versión de 1607, sin nombre del traductor) la tradujo en 1612 Thomas Shelton;
-al francés, César Oudin en 1614;
-al italiano, Franciosini en 1622;
-las primeras traducciones al alemán se hicieron a partir de versiones francesas: en 1775 aparece la primera traducción desde el español, hecha por Bertuch.

    Reproducir ahora todas las manifestaciones de la crítica mundial desde la aparición de la obra sería excesivo. Nos quedaremos con la idea general, expresada por Juan Luis Alborg:

 "No existe libro alguno en la literatura universal que haya sido objeto de admiración tan sostenida y unánime; pero tampoco cabe imaginar otra creación encomiada por razones tan contradictorias. Puede afirmarse que la fama del Quijote no ha sufrido eclipse; a diferencia de otros muchos escritores que han conocido etapas de olvido o negación -piénsese, por ejemplo, en Lope de Vega, en Calderón, en Góngora-, por razones estéticas, de tendencia doctrinal, etc., el Quijote ha tenido en todas las épocas lectores y críticos fervorosos, y nunca -al menos en sus valores esenciales- ha sido discutido. [...] Diríase que el Quijote posee un milagroso hontanar de respuestas distintas para el pensamiento y la sensibilidad de todas las edades. Si ser clásico, esencialmente, es encerrar esa posibilidad de responder y satisfacer en todo momento aunque cambie el gusto y el sentir de las generaciones, como quiere Azorín, ningún libro tan vivo ni tan clásico como la gran novela cervantina."

 




El Quijote y la creación de la novela moderna

 

     A todos los títulos mencionados anteriormente tendríamos que añadir el no menos importante de "primera novela moderna". Por supuesto, esta obra no pudo surgir de la nada; por lo que respecta a nuestra literatura, Cervantes recogió el testigo dejado medio siglo antes por el autor del Lazarillo.
     La novela -tal y como la entendemos desde El Quijote- es un género derivado de la épica (todavía se encuadra en este archigénero), pero opuesto radicalmente a ella. En palabras de Gonzalo Sobejano:
 "Mientras la epopeya es obra de las pasiones afirmativas y nace de la admiración del mundo, la novela es obra del contraste percibido entre un mundo seguro y admirable que ya no se posee, y un mundo inseguro y deficiente en el que se está."

     Resumimos a continuación los rasgos que definen este género consolidado definitivamente por El Quijote, tal y como los resumen Lucinio Alonso y otros:

a) Realismo o verosimilitud. Rasgo esencial de la novela moderna: creación de una atmósfera a imagen del mundo real. "Cervantes pintó un mundo variopinto, multiforme, que retrata el estado de civilización del pueblo español en un momento preciso de su historia".

b) Carácter no heroico del protagonista. Ya no hay héroes, sino personajes, a diferencia de la épica primitiva. "Don Quijote es un simple hidalgo, nacido en un prosaico lugar de la Mancha, insatisfecho con su vida y lleno de ilusiones irrealizables".

c) Evolución del carácter del personaje a lo largo de la obra. En oposición a los inamovibles héroes caballerescos, los personajes novelescos se van haciendo ante los ojos del lector. Ya se ha hablado del mutuo influjo entre don Quijote y Sancho.

d) Consciencia del enfrentamiento entre el individuo y la sociedad. Tema esencial en El Quijote.

e) Coherencia interna del relato. La novela renacentista se caracterizó por la presencia de diversas aventuras no ensartadas. "Cervantes logra en su novela integrar todos los personajes y acontecimientos en torno a don Quijote, lo que proporciona unidad y coherencia a las dos largas partes de que se compone la novela".

f) Narración dialogada. El diálogo de la novela moderna "debe ser heterofónico, es decir, cada personaje debe hablar con voz propia, de modo que sus palabras sirvan además para su caracterización".

    Podríamos concluir diciendo que no fue raro que esto ocurriera en España, cuya literatura siempre estuvo más cercana a las características enumeradas anteriormente (sobre todo al realismo) que las restantes literaturas europeas (recuérdese, por ejemplo, que hay algo de "diálogo heterofónico" en el Poema de Mio Cid).

    Sin embargo, "fue concretamente en Inglaterra donde se desarrolló un modo de novelar distinto, influido por Cervantes". Así, Henry Fielding (1707-1754) escribió un relato cuyo título, traducido, era Joseph Andrews: escrito a imitación de la manera de Cervantes, autor de don Quijote.